Vivir más y mejor, gracias a los nuevos fármacos

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La realidad es innegable. Cada vez vivimos más. Los últimos datos recogidos por el Instituto Nacional de Estadística sitúan la esperanza media de vida en 83 años para una persona que nazca hoy, frente a los 73 de quien lo hizo en 1975. Por sexos, es la mujer la que tiene mejores expectativas, con una vida que se prolonga hasta los 86 años.

Este fenómeno no es exclusivo de España. La esperanza de vida al nacer ha crecido en la Unión Europea tres meses al año desde 1990 situando la media en 81 años.

Por tanto, si es un hecho que está ocurriendo a nivel mundial, está claro que las razones deben ser por igual en todos los países. En este momento la clave se encuentra en el avance imparable de la ciencia médica y la innovación farmacéutica, que han permitido mejorar los tratamientos tradicionales, crear otros más eficaces y atajar nuevas enfermedades. El informe El valor del Medicamento Desde una Perspectiva Social elaborado por el centro de investigación en economía de la salud Weber con el apoyo de Farmaindustria recoge que la introducción de nuevos medicamentos es responsable en un 73% de la prolongación de la esperanza de vida.

No se trata de sumar simplemente aniversarios o cumpleaños. Casi es más importante hacerlo con salud. “Los medicamentos han contribuido a alargar la esperanza de vida y a mejorar las condiciones de los pacientes. Han evitado miles de muertes por el virus del sida al convertirla en una enfermedad crónica con la que se puede llevar una vida prácticamente normal; han aumentado la supervivencia en el caso del cáncer y han incrementado la tasa de curación en hepatitis C gracias a los antivirales de última generación”, señala Álvaro Hidalgo, presidente de la Fundación Weber.

Pero los beneficios por el avance de nuevos tratamientos alcanza prácticamente a todas las patologías. Y es más, no se concentran en el sector sanitario, ya que repercuten de forma positiva en la economía con un ahorro de costes en el propio sistema sanitario, en la sociedad y en la estructura productiva de un país. La reducción de las estancias hospitalarias y de las consultas, de bajas laborales y de absentismo, y evitar o minimizar la carga de ciudadanos de dependencia en el hogar son algunas de las múltiples ventajas descritas en el documento señalado.

El paradigma de las vacunas

Las vacunas merecen una mención aparte. Los beneficios que generan pueden medirse tanto en términos de morbimortalidad evitada como en ahorros en costes sanitarios y ganancias de productividad laboral.

El informe Weber cita varios estudios que demuestran, por ejemplo, cómo la erradicación de la viruela gracias a la vacunación ha evitado 40 millones de muertes en el mundo, permitiendo un ahorro de 2.000 millones de dólares anuales, o cómo cada dólar invertido en un paquete de vacunas infantiles rutinarias se traduce en un ahorro a corto plazo de más de 3 dólares en costes directos y de 10 en indirectos, gracias a que se evita el absentismo laboral de los padres.

Asimismo, se estima que por cada dólar invertido en Estados Unidos en un programa de vacunación infantil contra la difteria, el tétanos y la tosferina se ahorran a largo plazo un total de 27 dólares, de los cuales 9 dólares son costes sanitarios directos para el sistema.

Estudios más genéricos indican que la tasa de retorno de la inversión en inmunización en países en desarrollo asciende a 44 veces el coste de la vacunación, si se tienen en cuenta todos los beneficios sociales y económicos a largo plazo.

“Pocas personas saben que por cada euro que se invierte en nuevos medicamentos en el sistema público de salud se puede ahorrar entre dos y ocho euros, o que un año de esperanza de vida prolongado proporciona cuatro puntos de ganancia para nuestra economía”, señala Humberto Arnés, director general de Farmaindustria. A su juicio, y en base a la realidad que reflejan las estadísticas, el medicamento innovador debe considerarse como “una inversión, y no como un gasto”.

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El análisis citado describe el denominado “efecto compensación” de los fármacos innovadores. En realidad, trata de demostrar que a mayor efectividad, menor coste en una enfermedad. Numerosos estudios internacionales calculan un ratio de ahorro neto entre 2,4 y 8,3 veces el gasto adicional que suponen las innovaciones terapéuticas, gracias sobre todo a que se evitan hospitalizaciones. Como es lógico, este logro es más cuantificable en el largo plazo que en el corto.

Tipos de ahorro

El ahorro directo puede ser sanitario –menos medicación, consultas médicas de urgencias, pruebas diagnósticas, hospitalizaciones, visitas domiciliarias, transporte medicalizado– o no.

Hay que tener en cuenta, según se explica en El valor del Medicamento desde una Perspectiva Social, que las terapias innovadoras “a menudo mejoran la adherencia al tratamiento, permitiendo no solo disfrutar de unos mejores resultados en salud, sino también hacer un menor uso de los servicios sanitarios que los pacientes no adherentes”.

En este sentido, existen estudios elaborados en Estados Unidos que indican que la reducción de un año en la edad media del medicamento, si bien se asocia con un aumento de 8,2 dólares en el gasto farmacéutico per cápita, se traduce en el tiempo en una bajada de 45,4 dólares. En Suecia, expertos han estimado que si no se hubieran aprobado fármacos innovadores tras 1992, el número de hospitalizaciones en 2009 hubiera sido un 12% superior.

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Centrándonos en España, Farmaindustria estima que por cada 10% de incremento promedio del gasto farmacéutico hospitalario per cápita en pacientes externos, el coste aumenta en 2,5 euros per cápita, mientras que el resto de partidas cae en 3,6 euros, generando así un ahorro neto de 1,1 euros.

El ahorro de costes directos no sanitarios deriva de los cuidados dedicados a personas con falta de autonomía personal, y pueden ser formales (provistos por profesionales, de forma remunerada) o informales (proporcionados por el entorno afectivo del paciente).

En el caso del beneficio indirecto, destacar que las nuevas terapias consiguen reducir las bajas laborales y el absentismo y, en consecuencia, se incrementa la productividad. Entre los estudios que lo demuestran, uno publicado en Alemania en 2010 y centrado en 16 grupos de enfermedades, concluye que cuanto mayor es el stock de fármacos innovadores, menor es el número de años de trabajo perdidos atribuidos a dicha dolencia. En este sentido, se estima que cada nuevo medicamento aprobado se traduce en un ahorro total de alrededor de 200 años de trabajo perdidos por mortalidad prematura y jubilación anticipada.

Beneficio doble en las enfermedades

Los tratamientos oncológicos desarrollados entre 1989 y 2005 en Estados Unidos evitaron 1,55 millones de días de hospitalización en 2013, reduciendo los costes en 4.800 millones de dólares. En Canadá las nuevas terapias que aparecieron entre 1980 y 1997 impidieron 1,7 millones de días de hospitalización al año, que en términos monetarios supone una reducción del gasto hospitalario de 4.700 millones de dólares canadienses en 2012.

Entre 2011 y 2016, las agencias reguladoras dieron el visto bueno a un total de 68 nuevos antitumorales para más de 22 indicaciones. Es una de las áreas donde más avances se han conseguido desde el punto de vista científico.

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Con respecto a las dolencias cardiovasculares, un análisis sobre los nuevos antitrombóticos en el National Health Service británico concluye que aplicar un tratamiento anticoagulante a pacientes con fibrilación auricular está asociado a un ahorro neto per cápita para el sistema sanitario de 412 libras a corto plazo y 2.408 libras a lo largo de la vida del paciente.

Las patologías cardiovasculares son responsables de la mitad de los fallecimientos en Europa, y en España siguen siendo la primera causa de muerte. Aún así, los nuevos tratamientos consiguieron reducir la tasa de mortalidad un 32% en enfermedad cerebro vascular y un 4,6% en infarto de miocardio entre 2000 y 2015.

En lo que se refiere a la familia de los antihipertensivos, los cálculos indican que en EE UU su uso durante la década de los noventa evitó en 2002 un gasto sanitario directo de 16.500 millones de euros por infarto de miocardio y accidente cerebro vascular, significando un importante ahorro neto respecto a los 8.800 millones de dólares a los que ascendió la factura por estos tratamientos en 1998.

Cada mes de tratamiento activo con antihipertensivos se asocia con un aumento de aproximadamente un día de esperanza de vida.

Los datos disponibles sobre VIH/sida confirman que los avances farmacológicos han sido efectivos para ganar años de vida. En concreto, los nuevos antirretrovirales aprobados en Estados Unidos, si bien multiplicaron por seis la factura farmacéutica entre 1993 y 2001, redujeron a la mitad el importe hospitalario asociado a dichos pacientes al tiempo que aumentaron la esperanza de vida en 13,4 años.

En el Sida se ha experimentado uno de los mayores progresos de los últimos 20 años por distintos factores, entre los que destacan los avances logrados por los casi 40 tratamientos antirretrovirales aprobados hasta la fecha.

También se registran efectos positivos en el terreno de la salud mental, y en concreto en el caso de los pacientes con depresión, donde el incremento del 243% del coste del tratamiento de la enfermedad entre 1990 y 2000 en Estados Unidos fue compensado sobradamente con un menor partida sanitaria y no sanitaria (la productividad laboral mejoró en un 10%). La cuantía por tratar a un paciente con depresión pasó de 9.721 a 8.419 dólares; un 13,4% menos.

Un estudio desarrollado en Irlanda revela que el uso de un anticuerpo monoclonal en pacientes con asma severo durante seis meses logró un ahorro sanitario neto de más de 800 euros por persona, unos 2.400 euros contemplando también las partidas sociales, al reducir las exacerbaciones, disminuir el consumo de recursos sanitarios y propiciar una menor pérdida de días de trabajo.

En esclerosis múltiple, las conclusiones apuntan en la misma dirección: aplicar terapias innovadoras a una muestra de pacientes se traducía en un mayor gasto del tratamiento frente al tradicional, pero era ampliamente compensado con un ahorro total del 28%; es decir, de 2.595 euros por paciente. El 69% de la cuantía correspondía a costes sanitarios directos y el 31% restante a pérdidas de productividad laboral.

Un factor esencial para lograr mejores resultados económicos, especialmente en los pacientes crónicos, es el nivel de adherencia a los tratamientos. En el Plan de Adherencia al Tratamiento, documento realizado en España por distintas sociedades científicas médicas, farmacéuticas y de enfermería y organizaciones de pacientes e impulsado por Farmaindustria, se estima que aumentar en un punto porcentual el nivel de adherencia media de los pacientes evitaría un gasto sanitario directo cuantificado en más de 8,5 millones de euros en el caso de la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), además de evitar 1.089 muertes y más de 20.000 agudizaciones.

El gasto medio asociado en España a un paciente con asma no controlado es 2,3 veces superior al parcialmente controlado, y 3,7 veces más alto que el controlado. Asimismo, las pérdidas de productividad laboral derivadas en concepto de incapacidad temporal pasan de representar el 2,6% del gasto total al 22% si la patología no está bien tratada.

El seguimiento adecuado de las terapias también tiene efectos indirectos, ya que está demostrado que los pacientes con diabetes, hipertensión, dislipidemia o asma/EPOC se ausentan del trabajo por motivos de salud entre 1,7 y 7,7 días menos al año, y que sus bajas laborales temporales son entre 1,1 y 5 días más cortas respecto a los pacientes no adherentes.

 

España, entre los países europeos líderes en ensayos clínicos

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España sigue avanzando en materia de investigación clínica. La elevada calidad, amplias prestaciones e infraestructuras del Sistema Nacional de Salud, el prestigio y formación científica de los profesionales sanitarios, el compromiso de la industria farmacéutica asentada en España con la I+D y un marco legal adecuado han permitido situar al país entre los europeos con mejores condiciones para desarrollar investigación clínica. De hecho, durante 2016 y 2017 los plazos para la puesta en marcha de ensayos clínicos se han reducido en un 20%, según los últimos datos del Proyecto BEST de excelencia en investigación clínica, promovido por Farmaindustria. “Desde la entrada en vigor en enero de 2016 del nuevo Real Decreto de Ensayos Clínicos, hemos visto cómo los plazos para la puesta en marcha de ensayos se reducían de forma muy notable, pasando de 155 a 124 días”, manifiesta Javier Urzay, subdirector general de Farmaindustria. Algo similar ha ocurrido con la autorización de los ensayos por parte de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS), que ha bajado desde los 89 días de 2015 hasta los 64 días de 2017.

Estos datos sitúan a España en el grupo de cabeza de Europa en la realización de ensayos clínicos. En concreto, ocupa la octava posición como país con menores plazos para la aprobación de los ensayos clínicos. También es el cuarto más rápido al incorporar el primer paciente y el séptimo en lo que se refiere a la puesta en marcha de estos proyectos.

Fuente: Cinco Días

2018-06-08T06:36:27+00:00