La realidad aumentada y los asistentes de voz transformarán nuestro entorno

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Para ver había que ir. Para oír había que acercarse a quien hablaba o a cualquier otra fuente de sonido. Así que después de toda nuestra existencia salvando con esfuerzo distancias para que nuestros ojos y nuestros oídos alcanzaran paisajes, sucesos, rostros, discursos, música… unos ingenios técnicos recientes, muy recientes para nuestra andadura como humanos, nos aproximaron sonidos e imágenes. Tan próximos que muchos podían convivir con nosotros en el hogar o muy cerca (gramófono, teléfono, cinematógrafo, radio, televisión…). Objetos muy apreciados a los que les dimos lugar en nuestro entorno. Los sonidos y las imágenes se nos aproximaron de una manera asombrosa: bastaban unos pasos para oír y ver aquello que de no ser por estos artefactos quedaría perdido para ojos y oídos en la lejanía. Unos mágicos puentes que nos acercaban al mundo, que así se ofrecía inagotable.

Si estos fabulosos puentes se construyeron entre el siglo XIX y el XX, en la mitad del siglo XX la transistorización supone un avance del que quizá no somos conscientes de su trascendencia. Con ella, los aparatos que hasta ahora amueblaban el entorno comienzan a liberarse de ese anclaje y vienen con nosotros, nos acompañan. Ya no tenemos ni siquiera que dar unos pasos para aproximarnos a ellos. Donde nos encontremos, allí vemos y oímos lo que no está en ese lugar. Las imágenes y sonidos del mundo están tan próximos que forman como un aura, una burbuja que nos envuelve y acompaña. En este medio siglo transcurrido, la burbuja tecnológica ha ido desde la radio transistor hasta el smartphone, pasando por el walkman, el iPod…

Pero la sensación de que este mundo ya tan próximo está presente, no es solo por poder verlo y oírlo, sino por poder intervenir en lo que se ve y oye, por interactuar. Y de igual modo que preguntar es la forma de intervenir en lo que se está escuchando, y de esta interacción resulta la conversación, mirar es intervenir en el mundo que vemos. Cada mirada es una interrogación de lo que se ve, y, entonces, el mundo se revela como respuesta. Así que el mundo se hace inagotable, pues ilimitadas son las posibles miradas.

Es ahora cuando la realidad aumentada y los asistentes de voz rematan esta aproximación del mundo hasta el punto de que lo podemos mirar y preguntar aquí como si estuviéramos allí

Y es ahora cuando la realidad aumentada y los asistentes de voz rematan esta aproximación del mundo hasta el punto de que lo podemos mirar y preguntar aquí como si estuviéramos allí. Lo que se ve y oye tiene lugar en nuestro entorno, es decir, podemos interactuar con ello. Los dos desarrollos tecnológicos están en sus inicios, pero nos dejan ya vislumbrar el escenario que levantan.

El asistente de voz está ya encarrilado para que giren las ruedas de la inteligencia artificial. Se avanzará así en la sensación de la presencia de un robot invisible a nuestro lado que responda a nuestras preguntas y con el que mantengamos una conversación. Y esto hará también que cada vez nos demos a conocer más y a desarrollar una estrecha relación de proximidad con el «acompañante». A mismo tiempo iremos aprendiendo esta oralidad digital, acostumbrados como estamos ahora a que la interacción sea tocando una pantalla. Sin embargo, la realidad aumentada necesita que los inventos ya existentes (y los que vengan) reciban el soplo del concepto creador que ahora les falta y se conviertan en componentes de la prótesis que requiere la realidad aumentada. ¿Cómo será esa prótesis? En estos momentos la situación es semejante a la del móvil antes del iPhone, cuando faltaba ese soplo.

La oralidad y la conversación cada vez más rica que se pueda mantener con un asistente, más allá de interacciones sencillas, sobre temas y tareas muy variados, permitirá sin despegarnos de nuestro entorno el diálogo abierto, inconcluso, que posibilita la compañía.

En la realidad aumentada, la mirada a un objeto, a una pared… o situarse en un punto o mirar en una determinada dirección recibirá la respuesta de unas imágenes virtuales que toman lugar entre los objetos reales del entorno. Así que el hecho de mirar ese entorno supone una interacción con él y revela un mundo mucho más poblado, más rico, que el que se manifiesta a simple vista. De manera que si la pregunta oral hace brotar respuestas del asistente de voz, la mirada es, en la realidad aumentada, otra forma de interrogar un mundo ilimitado, que, sin embargo, está tan próximo que hay que revelarlo mirando o hablando.

Y de igual modo que cuando queremos concentrar la atención en lo que se está escuchando cerramos los ojos o los fijamos en un punto para que desaparezca el entorno, la realidad virtual es —respecto a la realidad aumentada y a la asistencia por voz— esa relación extrema, y temporal, que nos enajena, nos embelesa y saca de nuestro entorno. 

Antonio Rodríguez de las Heras es catedrático Universidad Carlos III de Madrid

La vida en digital es un escenario imaginado que sirva para la reflexión, no es una predicción. Por él se mueven los alefitas, seres protéticos, en conexión continua con el Aleph digital, pues la Red es una fenomenal contracción del espacio y del tiempo, como el Aleph borgiano, y no una malla.

Fuente: El País

2018-03-22T21:09:03+00:00