El año pasado las exportaciones españolas sufrieron una desaceleración importante, mayor incluso que la registrada por el comercio mundial, y las previsiones para este año apuntan a una intensificación de la misma. La previsión de consenso apunta a un crecimiento de estas del 1,6% frente al 2,3% observado en 2018. Dicha previsión, además, se ha revisado a la baja, desde un 3% que se anticipaba a finales del pasado año, en línea con el deterioro de la situación económica en Europa y con la prolongación de las tensiones comerciales entre China y Estados Unidos.

Las exportaciones, tanto las de bienes como las de servicios turísticos y no turísticos, han desempeñado un papel muy importante en la economía española durante la última década. Gracias a su dinámico crecimiento hasta 2017 —superior al de las exportaciones mundiales, en el caso de los bienes—, su peso sobre el PIB ha aumentado desde un 25% en 2008 hasta un 34%. Esto ha hecho posible, en primer lugar, que su contribución al crecimiento económico sea ahora mayor que en la etapa anterior a la crisis, y en segundo lugar, que el saldo de la balanza de pagos haya experimentado una notable mejoría estructural, de gran importancia para avanzar en la corrección de nuestro elevado endeudamiento frente al exterior y para el mantenimiento de la confianza de los mercados. En definitiva, las exportaciones se han convertido en un elemento clave para dotar de sostenibilidad a nuestro crecimiento económico. Es por ello que la pérdida de impulso que están experimentando resulta preocupante.

Incertidumbres en el sector exterior

En este contexto, el seguimiento de las cifras de comercio exterior que Aduanas publica mensualmente merece especial atención. Esta semana se han conocido las correspondientes a mayo, que arrojan un importante crecimiento de las exportaciones, tras un avance igualmente relevante registrado el mes precedente. Pero pese a esta recuperación, la tendencia sigue siendo de gran debilidad. Para modificar esta se requeriría el mantenimiento de esos resultados durante la segunda mitad del año, lo cual no parece probable, puesto que no se esperan cambios sustanciales en ninguno de los factores que la explican.

El primero es la situación del sector del automóvil, cuyas exportaciones están cayendo por la paralización de las ventas derivada de las indecisiones de los consumidores europeos, y cada vez parece más claro que esta situación va a perdurar durante un largo periodo. El segundo factor es el debilitamiento de la economía europea, que en buena parte está relacionado con la desaceleración de China y la guerra comercial con Estados Unidos. Tampoco tiene visos de llegar a un fin inmediato, y no hay muchas esperanzas de que los estímulos adoptados por el Gobierno chino vayan a suponer una mejoría significativa de la situación.

Además, las tensiones comerciales se pueden agravar, como ha puesto de manifiesto el reciente conflicto entre Japón y Corea del Sur, e incluso se espera que Europa se convierta en el próximo objetivo de los ataques del presidente norteamericano. A esto se añade la ahora más cercana posibilidad de un Brexit sin acuerdo, que podría provocar una disrupción en los flujos comerciales de la UE.

Otro motivo de preocupación es el turismo. Tras un 2018 débil, este año no parece que vaya a ser mejor. Las cifras de pernoctaciones —conocidas esta semana— y las de llegada de turistas no han sido buenas en el segundo trimestre. Y las expectativas de los empresarios del sector para el verano son bastante pesimistas. La explicación se encuentra en el resurgimiento de destinos competidores en el Mediterráneo, las buenas temperaturas en los países del norte de Europa y las propias limitaciones al crecimiento de la oferta de un turismo de sol y playa ya muy masificado.

Con este cóctel de incertidumbres y frenos, es esperable que la inversión española, que hasta ahora ha aguantado muy bien, comience a resentirse, con lo que el crecimiento del PIB ya solo se apoyaría sobre el consumo y la construcción. El escenario más probable en la segunda mitad del año es de una desaceleración más intensa.

María Jesús Fernández es economista sénior de Funcas.

Empleo

La EPA del segundo trimestre refleja una desaceleración tanto en el ritmo de creación de empleo como, sobre todo, en el de descenso del desempleo. Este último fue el más bajo desde el inicio de la recuperación, hasta tal punto que, corregidas las cifras de estacionalidad, equivale a un incremento del mismo por primera vez desde comienzos de 2013. El motivo se encuentra, aparte de en la menor creación de empleo, en el fuerte ascenso de la población activa, que fue el más elevado los últimos 11 años, motivado, sobre todo, por el aumento de la población extranjera. Este ascenso ha impedido que la tasa de desempleo bajase del 14%, tal y como se esperaba.

Fuente: El País