Excelencia e innovación: ¿dos conceptos opuestos?

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Vivimos en una economía con serios problemas de “lateralidad cruzada”: nuestros mercados son cada vez más dependientes los unos de las otros, dinámicos en extremo, colaborativos, rápidos o efímeros, basados en la sorpresa continua. Por el contrario, los procesos industriales y los sistemas de gestión, amortización y control son por completo estáticos, lentos, independientes los unos de los otros y centrados en la mejora continua de lo existente.

Esta sospecha queda confirmada cuando la mayoría de las empresas centran sus esfuerzos en la optimización: optimizamos los productos y servicios, los procesos con los que se fabrican, los recursos humanos de nuestra compañía, el dinero con que se financia… ¡optimizamos incluso los propios procesos de optimización!. Cuando lo hacemos, tomamos como referencia un patrón del pasado que ha demostrado su solvencia y eficiencia, y sobre este proyectamos el futuro; por este motivo los aprendizajes basados en el método tienen tanto éxito. A esto le llamamos “excelencia” y a ella se han dedicado ingentes cantidades de esfuerzo de teorización, formación y ejecución.

Sin embargo, el camino estrictamente dirigido hacia la excelencia es un camino hacia la pérdida del valor original: a mayor excelencia, mayor aprendizaje de los procesos y mayor adaptabilidad de ellos, mayor igualdad entre competidores, menor diferenciación en los mercados y más distancia de la oportunidad inicial. A su vez, podríamos afirmar que la excelencia se ha convertido en un oxímoron: a mayor excelencia, mayor anulación de las ventajas competitivas iniciales. En la actualidad, ser excelentes no basta: la excelencia se puede comprar y todo aquello que se puede comprar no significa una ventaja competitiva sostenible.

Entonces, ¿por qué tenemos tanto afecto a la excelencia? Los procesos de excelencia relacionan el presente con el pasado, nos anclan y nos dan patrones sobre los que gestionar nuestra incertidumbre. Además, se puede medir, parametrizar, programar y gestionar. Por eso nuestros consejos de administración están repletos de “garantes de la excelencia competitiva de nuestra compañía”.

Ante este hecho, la mayoría de las empresas han olvidado su “hecho fundacional”, aquel que les permitió surgir de la nada y establecerse con éxito. Este no se basaba en factores de excelencia –eran precarios y no representaban un valor diferencial– nuestro valor fundacional se basaba en un significativo aporte de valor, en él plasmábamos nuestra osadía en decirle al mercado cómo entendíamos el sector o la filosofía de consumo con la que nos aproximábamos a los consumidores. Se podría decir que éramos tan osados y frescos como poco excelentes.
No discutiré que la excelencia era una perfecta herramienta para los mercados de los 80, 90 y los 2000; sin embargo, estos mercados eran estáticos, compartimentados y centrados en alcanzar las cotas productivas para abastecer mercados a buen precio.

Hoy los mercados ya no funcionan así: hemos pasado de obsolescencias tecnológicas a conceptuales; de mercados verticalizados a totalmente horizontales; de clientes pasivos a super activos. La velocidad de los mercados, fruto de la velocidad del conocimiento, es tan rápida que apenas tenemos tiempo de amortizar los esfuerzos necesarios para un lanzamiento. El conocimiento se distribuye tan rápido que no tenemos tiempo de copar los mercados sin la reacción de nuestros competidores. Ya no tenemos anclajes de seguridad, vivimos en la ansiedad y en la velocidad.

Entonces, ¿de qué sirve la excelencia? En mi opinión, debemos regresar a la economía del aporte de valor real, aquella que evoluciona a la sociedad, que no utiliza el pasado como mesura del presente o futuro, sino que lo utiliza como punto de partida para la evolución. Nunca hemos dispuesto de tanto conocimiento ni hemos desarrollado procesos de gestión y producción tan excelentes. Sin embargo, nunca ha sido más difícil sobrevivir en los mercados, aportar valor real a los mismos, destacar en la masa gris que los conforma.

El fenómeno start up y de emprendedores tampoco es la solución; la mortalidad de sus propuestas es enorme, los recursos económicos consumidos en ello no son sostenibles en el tiempo y la pérdida del talento que no llega a la “otra orilla” es insufrible. ¿Dónde están los fundadores del pasado?, ¿quién los replica hoy?, ¿quiénes defienden sus intereses en los consejos?.
La verdad lo que no tiene es remedio: hoy la verdad en economía se llama velocidad, incertidumbre, evolución social, valor real y reinvención. Todo ello configura la verdadera innovación, aquella que realmente significa para las empresas trascendentes y diferenciales que configuran el futuro; no aquella innovación de los manuales de excelencia pautados al alcance de todos.

Antonio Flores es consejero delegado de Loop New Business Models

Fuente: Cinco Días

2018-08-23T05:25:58+00:00