Etiquetado para todos los públicos

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Rocío Sánchez, ciega, abrió su nevera para tomar un vaso de leche. “El cartón resultó ser caldo de pollo. Parece que esta noche toca sopa”. Esa anécdota, que para muchos invidentes se ha convertido en un problema cotidiano, fundamenta una petición en change.org que ya tiene más de 60.000 firmas: que el Parlamento Europeo apruebe una normativa que obligue a las marcas a etiquetar en braille sus productos. Porque, al tacto, una lata de refresco es idéntica a otra de cerveza, y un cartón puede tener leche… o vino. El Comité Español de Representantes de Personas con Discapacidad (CERMI) ha presentado esta semana una queja ante el Defensor del Pueblo por lo mismo: la inacción del Gobierno al no regular el etiquetado en braille de los productos de consumo masivo, como han hecho otros países europeos como Portugal. El año pasado, 3.300 personas perdieron la visión en España, un país con 70.000 ciegos. “Una botella de agua se parece mucho a una de lejía, pero no están obligadas a utilizar ningún distintivo”, recuerdan en la ONCE. Hace unos meses la organización puso a cocinar al televisivo chef Sergio Fernández ante una nevera con todos los alimentos pintados de blanco y sin identificar: se equivocó una y otra vez y no pudo preparar ninguna receta.

Bueno para las personas y para las marcas

“El etiquetado en braille ha sido para nosotros un modo de expresar nuestra responsabilidad con la sociedad, el ofrecer información de producto adaptada a personas con discapacidad ha sido un valor añadido”. Son palabras de Jorge Peláez, presidente de Marqués de Vizhoja, que marcó en braille el primer albariño en España. Otras bodegas, como Enate, en el Somontano, hacen lo propio. En la gran distribución, Auchan introdujo la serigrafía accesible en sus productos en 2003. En sus tiendas, además, hay carros para sillas de ruedas, mostradores adaptados, bucles de inducción magnética en las cajas (que elimina los ruidos de fondo para personas con audífonos) y sistema de videointerpretación en lengua de signos.

Por más campañas que se hagan, las reclamaciones parecen que siguen sin calar en la empresa. En Europa solo es obligatorio distinguir a través de este alfabeto táctil los medicamentos, por eso la demanda del derecho a un etiquetado universal se ha convertido en un clásico para organizaciones como la Comisión de Braille Española. “Se trata de dar poder a las personas para que en sus casas puedan ser autónomas”. Porque quizá no se vayan a leer en el supermercado todos los botes de conservas hasta encontrar el de pepinillos que buscan, pero en el hogar necesitan identificar lo que van a consumir. “Al año tenemos muchos casos de intoxicaciones por este tema, por ejemplo por productos caducados”, insisten en la ONCE. Alberto Daudén, técnico especialista de esta comisión, vive solo y es ciego. “Tienes que tener una organización increíble en casa para no equivocarte. Ordenar, por ejemplo, las latas de refresco alfabéticamente o etiquetar en braille botes que después rellenas con productos. Hay otras herramientas, como lectores ópticos que te dicen por voz qué es cada cosa, o la videollamada para que un familiar o amigo te ayude, pero no todo el mundo puede, por ejemplo, pagarse un iPhone [el iOS es el sistema operativo más utilizado por ciegos]. El etiquetado en braille solucionaría todo esto”.

Más allá de las normas, solo un puñado de empresas son proactivas en este campo. Entre las más implicadas están las bodegas, las marcas de cosméticos o algunas cadenas de distribución, como Auchan (Alcampo) que ha convertido en totalmente accesibles 625 productos de marca propia. Sanex incluyó la lectura en braille de sus geles en el año 2000. Tres años después Solán de Cabras lanzó su primera botella identificada. Kaiku también lo hace con sus yogures, igual que Hero Baby con los cereales para niños, o el aceite de la denominación de origen Sierra de Cazorla. Pero los ejemplos no abundan. Enrico Frabetti, director de Política Alimentaria de la patronal de alimentación Fiab, habla de que sería “bueno y oportuno abrir un debate en Europa”, y apoya que la reglamentación venga de Bruselas y comprometa a todos los Estados.

Aunque Luis Cayo Pérez, presidente de Cermi, recuerda que sí puede impulsarse una norma en España si el Estado invoca la protección de un grupo social vulnerable. De hecho, hubo un intento de regular el etiquetado en el último gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, que el PP abandonó. “Algunas empresas toman la iniciativa, pero es una respuesta discontinua, queremos una normativa básica anclada en las condiciones de igualdad que establece el artículo 149 de la Constitución. Además, España forma parte de la Convención internacional sobre derechos de personas con discapacidad, y eso origina una serie de obligaciones”, defiende Pérez. “Por la experiencia en el tema de los medicamentos sabemos que no supone un gran desembolso para la industria. Si se hace el esfuerzo inicial, después se convierte en una acción cotidiana”.

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En la empresa vizcaína de adhesivos industriales TEA perciben que la demanda de este tipo de identificación va en aumento. “Utilizamos una técnica de impresión, la serigrafía, que aporta mucha tinta y donde las máquinas son más lentas, por eso su precio es mayor, pero no disparatado”, asegura un portavoz. En cambio, los beneficios son tangibles. Enrique Johnson, director de Reputation institute, recuerda que el valor de una marca parte de las expectativas que el consumidor tiene de la misma. “Y este tipo de acciones que no son obligatorias generan percepciones positivas, dan a la sociedad ideas positivas sobre la marca. Subir cinco puntos tu reputación te aporta un 5,6% más de intención de compra”.

También es un negocio. La división de accesibilidad de Ilunion, el conglomerado empresarial de la ONCE, factura unos seis millones de euros. Pilar Soret, responsable de márketing de una de las dos empresas que se dedican específicamente a facilitar entornos accesibles, explica que trabajan en aplicaciones y webs adaptadas, así como balizas inteligentes que, por ejemplo, informan a un usuario a través del móvil de dónde está un restaurante o cómo moverse por un hotel, o un museo. “Una web bien diseñada desde punto de vista de la experiencia del usuario es una web por la que una persona, ciega o no, navega mejor. Hemos desarrollado productos a partir de experiencias que han resultado muy positivas”.

Fuente: El País

2018-08-26T22:05:36+00:00