Estados y bancos centrales se quedan sin munición para hacer frente a otra crisis

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“Un submarino que ha soltado todo el lastre y al que no le queda agua que desaguar para permanecer a flote… Si llega una recesión, estamos así: nos resta muy poco de lo que tirar para reactivar de nuevo la economía”, con esa metáfora dibujaba la situación un miembro de un banco central en una conversación informal. El principal escenario que manejan todos los organismos es que la economía seguirá creciendo. Pero eso sí, lo hará a un ritmo cada vez menor. Y tan pronto como la actividad se mueva a tasas muy bajas, el riesgo de que cualquier cosa lo pare es mucho mayor. En estos momentos los factores que podrían hacer descarrilar el crecimiento se acumulan a la puerta. “Por ejemplo, Italia es una amenaza real. Tiene que financiar 270.000 millones el año que viene. Los bancos transalpinos ya están muy cargados de deuda pública. ¿Quién se va a atrever a comprarla si pierde el apoyo del banco central?”, sostiene Lorenzo Bernaldo de Quirós, presidente de la consultora Freemarket.

El endeudamiento público es el primer problema. Durante la Gran Recesión se respondió a una crisis de deuda con más deuda. “Ahora incluso hay todavía más porque también se ha sumado la de China”, señala el economista José Carlos Díez. En España, la deuda privada ha descendido. Pero la pública ha aumentado y el agregado se ha quedado casi como estaba antes. La deuda exterior, esa que hay que refinanciar periódicamente en los mercados internacionales, sigue en unos de de los niveles más altos del mundo, cerca del 85% del PIB. En volumen representa la segunda mayor deuda externa del mundo tras la de Estados Unidos.

Incluso si es cierto que las empresas y familias han saneado sus cuentas y que no hay déficit con el exterior, en España todavía hay un agujero presupuestario del 3% del PIB. Bastaría con un pequeña recesión para que se volviese a disparar el déficit y la deuda pública. De ahí que todos los organismos insten a tomar medidas ahora que se puede. El pasado miércoles, el gobernador del Banco de España pidió que se aprovechase la coyuntura favorable para ganar margen presupuestario frente a los vaivenes del ciclo.

En el anterior ciclo adverso, la respuesta fue de los bancos centrales. Antes de la Gran Recesión, la deuda pública comprada por el BCE era inexistente. Ahora posee en torno al 23% del PIB de la zona euro. Y su regulación no le permite comprar más del 33% de la emisión de un país. En cuanto haya otra crisis se estará cerca de ese límite. “En Estados Unidos ya están desandando el camino de las políticas monetarias ultralaxas, no tanto porque haya inflación sino porque les da miedo que llegue una crisis y no tengan capacidad de maniobra. Me temo que en Europa no llegaremos”, explica el catedrático de Economía Aplicada Josep Oliver.

Esta misma semana, en una entrevista a Bloomberg, Andrew Bosomworth, director de PIMCO, uno de los mayores compradores de deuda pública del mundo, indicó que el BCE empezará a subir tipos justo cuando las condiciones globales sean menos favorables. “No creo que en Europa se coloquen muy por encima del cero”, afirmó. De paso por Madrid hace un par de semanas, el economista jefe del BCE, Peter Praet, reconoció el escaso margen, y recordó que siempre se podría recurrir a las políticas no convencionales. “Puede modificarse el techo a la compra de deuda y disparar el balance adquiriendo títulos como en Japón”, apunta José Carlos Díez. La deuda pública allí alcanza ya dos veces y media el PIB. La nipona es, además, un ejemplo de economía zombi en la que la deuda y la falta de reformas lastran cualquier repunte de la actividad.

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Aun así, en el BCE habría que sortear los obstáculos políticos. Los alemanes, hartos de sufrir remuneraciones muy bajas por sus ahorros, podrían ponerlo difícil. “Esto no es gratis, hincha los precios de los activos creando burbujas y comporta además serias repercusiones redistributivas, alimentando la desigualdad”, dice Oliver. Si todo esto ya fue motivo de arduas discusiones durante la crisis, ¿por qué no otra vez?

Incertidumbre política

En tanto que exista margen político siempre se podrá responder, coinciden los economistas consultados. Pero ahí depende del optimismo que cada uno tenga sobre la capacidad de reacción de la UE. Europa debería ya haber aprendido la lección de cómo se autoinfligió una crisis por arrastrar los pies. Además, ahora existen instrumentos como el mecanismo de rescate europeo, que serviría de flotador. El BCE también podría comprar deuda de un país siempre que este pida un programa de rescate.

Sin embargo, el contexto político no presagia nada bueno. En Alemania cada vez hay más ciudadanos que votan a la derecha populista y que, en su reduccionista visión de Europa, están hartos de pagar por los países del sur. E Italia ha lanzado un órdago directo a la disciplina fiscal necesaria para convivir dentro del euro. Como hemos aprendido de la crisis soberana, los mecanismos de ayuda exigen reconocer la pérdida de soberanía. Y eso no es algo que un Gobierno ceda a la ligera. “El problema es que el BCE no puede por sus estatutos comprar deuda de manera asimétrica para ayudar puntualmente”, explica Álvaro Nadal, que sufrió este hecho cuando era jefe de la oficina económica de Rajoy.

La falta de preparación de la zona euro podría hacer que una recesión suave se convierta en algo peor. Incluso podría reeditarse la crisis del euro al tener que gestionarse entre unos gobiernos cada vez más polarizados y populistas. En general, todos los analistas subrayan que será difícil gestionar un paquete de estímulo conjunto, tanto en la UE como en el mundo. Unos gobiernos débiles y populistas, dicen, tendrán enormes dificultades para tomar medidas o hacer reformas, máxime con unos electorados todavía castigados por la crisis y las devaluaciones salariales.

Podría suceder, además, que una guerra comercial o de divisas impidiese a los países en peores condiciones salir de la recesión exportando. La falta de cooperación podría dar la puntilla. Por ejemplo, en 2008 la Reserva Federal de EE UU proporcionó dólares a los bancos europeos para salvarlos de la quiebra. Ahora tendría que pedir permiso al presidente Trump para hacerlo.

Una demografía adversa que tampoco ayuda

El economista jefe del BCE, Peter Praet, señaló en Madrid que el escaso margen del que dispone el eurobanco empeorará aún más por el envejecimiento de la población. Este fenómeno provoca un declive de la fuerza laboral; una ralentización de la innovación y por tanto de la productividad; un mayor ahorro y, en consecuencia, un menor consumo hasta el momento de la jubilación. Al haber menos trabajadores, menos productivos y que consumen menos, el crecimiento potencial de la economía disminuye. A su vez, un crecimiento más lento hace que los tipos de interés sean más bajos.

Además, en la medida en que el baby boom sigue ahorrando para su jubilación, este brinda una oferta masiva de liquidez que tira hacia abajo de los tipos reales de mercado. Es decir: si los tipos ya de por sí son reducidos, el envejecimiento hace que cueste subirlos. Y ello deja menos margen para aplicar estímulos. Por si fuera poco, conforme empiece a retirarse el baby boom, en España allá por 2023, el gasto y la deuda pública se resentirán.

Fuente: El País

2018-11-03T23:04:22+00:00