Sobreactúan los mercados? Sí, pero no solo ellos. La crisis del coronavirus alumbra una secuencia sanitario-económica lógica. El consumo se retrae en China, hay millones de habitantes en cuarentena. Cierran fábricas, las inversiones se retranquean. Y bajan las Bolsas ante la probabilidad de menores beneficios. El virus infecta al comercio internacional, al transporte aéreo, al turismo. Provoca miedo, pues China es hoy un actor global clave.

Casi todas las autoridades actúan con prudencia, disipando histerias. Pero eso se anula si hay dirigentes pirómanos. Como el alarmista director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus.

Este describe la epidemia, al poco de iniciarse, como “muy grave” para el mundo: “el enemigo público número uno” porque “un virus puede ser una amenaza más seria que cualquier acción terrorista”. Y cuando el virus vuela a Italia, insta a prepararse “para una posible pandemia”.

Los líderes institucionales deberían autoprohibirse alertas dramáticas si no les añaden medidas ejecutivas; en este caso, de aislamiento, fabricación y distribución de instrumentos preventivos, sobre todo a los países más indefensos.

Así que si el jefe de la OMS se pasa de rosca —no así su directora de Salud, la valiosa doctora asturiana María Neira— se comprende que muchos ciudadanos se pongan de los nervios mendigando mascarillas o geles y el mercado se vuelva loco, loco, loco, como sucedía con el mundo en aquella película cómica de Stanley Kramer (1963), con Jerry Lewis y Buster Keaton.

Pero ¿hasta la exageración del pánico de los mercados, detenido —al menos de momento— ayer? ¿Qué lo explica? ¿Por qué motivo adopta la dinámica de estampida de una manada? Por los animal spirits, los espíritus que en latín insuflan el pensamiento humano de éxtasis o de pavor, los “resortes espontáneos que impulsan a la acción”, como definió lord Keynes.

Estos resortes reaccionan sincopada y exageradamente ante reveses, incertidumbres o booms. Sean episodios sanitarios como la peor crisis alimentaria europea en decenios, la de las vacas locas (1995). O financieros, como la especulación contra la deuda soberana mediterránea (2011) durante la Gran Recesión.

Guardamos de esta una pesada herencia. La mayoría de los economistas institucionales ni la olieron, “seducidos por la visión de un sistema de mercado perfecto y sin fricciones” (¿Cómo pudieron equivocarse tanto los economistas? Paul Krugman, EL PAÍS, 13/9/2009).

Hoy, el horror vacui es aún peor. Las previsiones “sobre la actividad real futura y los tipos de interés son hoy considerablemente peores que antes” de la Gran Recesión, concluye un estudio de la Reserva Federal (Gauging the uncertainty..., David Reifschneider y Peter Tulip, 2017).

Así que ahora, para curarse en salud, muchos expertos profesan el catastrofismo porque la memoria colectiva es selectiva y castiga menos al pesimista que al ingenuo. Otro nutriente del pánico financiero.

Fuente: El País