Cuando uno llega de otros sectores al aceitero, una de las cosas que más llama la atención es que es cuando menos irónico que el aceite de oliva, piedra angular de la dieta mediterránea y fuente de nutrientes beneficiosos para la salud, pertenezca a un sector cuya propia salud económica y social está en riesgo. El incremento excesivo en su producción, así como una falta de valorización del mismo nos están llevando a adoptar en España un modelo insostenible que se basa en el volumen y que nos lleva al mismo terreno que grasas más baratas. En este escenario, ni el aceite de oliva ni los productores españoles podemos competir con éxito.

Hay 11,6 millones de hectáreas de olivares en el mundo. En España, solo en los últimos tres años, se han creado 128.000 hectáreas de nuevas plantaciones y transformado unas 100.000 adicionales de olivares tradicionales a intensivos, que pueden producir hasta un 51% más de volumen de aceite por cosecha (sacrificando, por supuesto, calidad, variedad y mano de obra). Estas grandes extensiones producirán esta temporada cerca de 200.000 toneladas más de aceite de las que se consumirán, un 6% de la producción total. No se requiere ser experto para entender que un superávit de ese tamaño (y en crecimiento) provoca que cualquier producto pierda valor a pasos acelerados.

Esto es el inicio de una crisis que se agrava si se tiene en cuenta que, como muestra el informe Salvemos el buen aceite, que hemos desarrollado junto al experto oleícola Juan Vilar, las rebajas en el precio del aceite de oliva no incrementan su consumo. Esto ocurre debido a que el consumidor de aceite de oliva tiende a darle uso en las formas que se adecúan a su dieta y con pocas variaciones dentro de la misma. Así, el productor gana menos por cosecha y privilegia en adelante las variedades y recolecciones que le den más volumen (y menor calidad). El resultado es un ciclo vicioso que lleva a un aceite menos diferenciado y más caro que otros, como los de colza y girasol, lo que arruina su competitividad y lo rebaja de ingrediente prémium a un básico sin diferenciales.

Defender la calidad del aceite de oliva es la única forma de salvar la industria en España. Con más del 60% de los nuevos olivares plantados en África, producir con los elevados costes de un país europeo es insostenible con precios a la baja. Si el sector logra revertir la tendencia mundial que ha hecho del aceite de oliva algo de menor calidad, más barato y genérico, se podrá reposicionar este producto como lo que es: un ingrediente prémium, cuya calidad y origen deben estar asegurados por un marco regulatorio fuerte y pertinente y cuyas categorías y procedencias sean tanto distintas como reconocibles. Por ello nos hemos unido en Deoleo junto con diversas cooperativas y asociaciones del sector para crear PROValor, una asociación para promover la alta calidad del aceite de oliva de España, tanto en nuestro país como en el exterior, elevando los estándares de calidad, mejorando la productividad del sector productor y ampliando el conocimiento del producto por parte del consumidor.

Este proceso debe ser como el que transformó el sector del vino en los años noventa, cuando la industria se unió para reposicionar el producto hacia la calidad y el lujo asequible –en contra de la tendencia hacia vinos de mesa genéricos y más baratos que amenazaba tanto a los vinicultores como a las cepas en sí–. Este caso no solo es extensible al aceite de oliva, sino que es la única forma de recuperar a una industria agrónoma tradicional, de forma sostenible y desde las plantaciones hasta los consumidores en todo el mundo. El aceite barato y genérico, sin beneficios para la salud, no forma parte del panorama que alimenta a miles de familias de nuestro país –y que ya afecta las ganancias de ellas y de todo el sector, cuyos precios de origen han caído un 27% en 2019–.

En España, por tanto, la defensa del sector –como industria económicamente relevante y exportadora– no solo asegura nuestra permanencia en el panorama mundial del aceite, sino que forma parte de la defensa de nuestro patrimonio cultural y social. Así como la industria vinícola en Francia es un eje de turismo, cultura y economía rural –tendencia que ya empieza en nuestro país–, en España el aceite de oliva debe ser un generador de riqueza en sus regiones, tanto para el productor que vende las aceitunas, como porque sus técnicas de plantación, cultivo y procesamiento son patrimonios que pueden aprovecharse en un contexto turístico y cultural que agregue más riqueza y valor.

Para lograr esto debemos retomar el control sobre la industria del aceite, diferenciarlo y apostar por que sea reconocido como un producto de siglos de conocimiento, tradición e innovación continuas y una calidad sin comparación. Por eso, desde Deoleo y PROValor queremos invitar a todo el sector a unirse en un proceso de cambio de la industria que, basado en la sostenibilidad y la calidad, defienda el liderazgo de España y la forma de vida de miles de familias en sus regiones.

Ignacio Silva es presidente y consejero delegado de Deoleo

Fuente: Cinco Días