¿A qué se enfrenta Powell, a una correción o a un fin de ciclo?

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Los bancos centrales desempeñaron un papel clave para evitar que la crisis financiera internacional de 2007-08 se convirtiera en una recesión aún más profunda. Recortaron los tipos de interés a niveles mínimos. Contribuyeron a la recapitalización de los bancos lastrados con préstamos e hipotecas que no se podían devolver. Coordinaron y supervisaron junto al FMI y la Comisión Europea los rescates de Grecia, Portugal e Irlanda, cuya insolvencia amenazaba a la eurozona. La Reserva Federal bajo Ben Bernanke y Janet Yellen y el BCE presidido por Mario Draghi emprendieron programas de compra masiva de bonos y títulos respaldados por hipotecas para forzar un descenso de los tipos de interés a largo plazo.

El nuevo presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, se enfrentará a retos distintos. El Banco de Japón pronto tendrá un nuevo presidente, y se está negociando el relevo de la cúpula del BCE, dónde España aspira a la vicepresidencia. Si los nuevos banqueros centrales elevan los tipos de interés demasiado bruscamente para contener la inflación arriesgan jornadas de semi-pánico bajista y volatilidad. Powell y los otros miembros de la Fed nombrados por Trump no deberían debilitar los mecanismos de supervisión financiera aprobados a raíz de la crisis.

La ley Dodd-Frank de 2010 estableció la Agencia de Protección Financiera del Consumidor como organismo independiente con poder de supervisión sobre los bancos, cooperativas de crédito, empresas de servicios hipotecarios, cobradores de deudas y otras entidades financieras que operan en EEUU. Yellen forjó un consenso en la Fed que permitió incrementar gradualmente los tipos desde finales de 2015 y en octubre empezar el proceso gradual para revertir el programa de compra de activos. La Fed tiene 4,2 billones de dólares de activos en su balance que debe paulatinamente disminuir.

Afortunadamente, por primera vez desde 2008 todos los países desarrollados y los emergentes y en vías de desarrollo crecen de manera sincronizada y a un ritmo alto. Yellen y su equipo no aumentaron los tipos en 2014 cuando el hundimiento de los precios de los hidrocarburos, metales y materias primas agrícolas sumió en la recesión a muchos países emergentes y en vías de desarrollo. Si Powell pierde la perspectiva internacional, tipos más altos en EEUU pueden generar la salida de flujos de capital hacia los mercados financieros estadounidense y de países desarrollados, circunstancia que a corto plazo volvería a hinchar la burbuja bursátil.

Powell ya era miembro de la junta del Fed y era considerado un halcón en materia de inflación. Pero no tiene ningún motivo para subir los tipos. Trump está decidido a recortar el déficit comercial de EEUU –que en 2017 alcanzó los 796.000 millones de dólares– y ya ha manifestado su oposición a un dólar fuerte. Muchos factores motivaron en la primera semana de febrero el mayor descenso de los índices bursátiles de EEUU desde agosto de 2011, cuando a la crisis de la eurozona se añadió la rebaja de la calificación crediticia de EEUU. La administración Trump heredó una economía que crecía alrededor del 2%, con una tasa de paro de 4,8% y una bolsa que ascendió un 145% durante los dos mandatos de Obama. La aprobación de la reducción de impuestos (de renta y de sociedades) en diciembre desató más euforia entre los inversores. La aceleración del PIB durante 2017 hasta un ritmo anual cercano al 3% y la disminución del desempleo a su cota más baja desde 2000 (4,1%) animaron a los inversores.

Los bancos centrales habían iniciado un ciclo de elevación de tipos de interés ante el repunte de la inflación. Nos acostumbramos a que economías cómo la de EEUU, Canadá o Alemania crezcan entre el 2-3% con plena ocupación y la inflación se mantuviera contenida. El 2 de febrero se anunció que la economía de EEUU agregó 200.000 empleos en enero y la remuneración por hora de los asalariados del sector privado se acrecentó un 2,9% respecto a enero de 2017. Con ratios precio-beneficio excesivamente altos, empezó la inevitable corrección. Según las estimaciones de S&P Dow Jones, desde los máximos de finales de enero las mayores empresas mundiales han perdido 5,2 billones de dólares en capitalización bursátil, cantidad equivalente al PIB del Reino Unido.

En la primera semana de febrero se pulverizaron 2,6 billones de dólares de capitalización bursátil de los índices bursátiles de EEUU. Las caídas pronunciadas de Wall Street causaron descensos especialmente fuertes en los índices de Shanghai (14,6%), Nikkei (12,6%), Dax-30 (11,7%) y Merval (16%) respecto a los máximos de finales de enero. El FMI pronosticó que la economía internacional en 2018 aumentaría a un ritmo del 3,9%. Las correcciones de la Bolsa no han afectado los rendimientos de los bonos a diez años de Alemania, Francia, Italia o España. Los fundamentos macroeconómicos no auguran una crisis prolongada en las plazas bursátiles. Pero los pesimistas también tienen argumentos. Un ambiente de mayores tipos de interés perjudica a la renta variable, y en países acostumbrados al crédito fácil como EEUU son un golpe para los ciudadanos que tienen que financiar hipotecas, deudas de tarjeta de crédito o préstamos suscritos para estudiar en la universidad.

La incertidumbre sobre el futuro de NAFTA y la incapacidad de Theresa May de presentar un plan coherente post-brexit también pesarán sobre los mercados. La administración Trump puede elevar aranceles sobre importaciones, como hizo con los paneles solares chinos y electrodomésticos coreanos, desencadenando escaramuzas comerciales. A este cóctel hay que añadir la polarización extrema de la política en EEUU y las constantes prórrogas presupuestarias e incrementos del techo de deuda de la primera potencia mundial negociados a última hora. La capacidad de los políticos, Powell y los otros presidentes de bancos centrales para gestionar dichas incertidumbres determinará si las correcciones son temporales o estamos ante un final de ciclo.

Alexandre Muns Rubiol es OBS Business School

Fuente: El País

2018-02-14T21:12:34+00:00